Cultura rural

La cultura rural tiene  características propias, que le dan su identidad y su modo de vida. Desafortunadamente el mundo urbano capitaliza el esfuerzo intelectual y cultural , por eso hay pocos trabajos que indaguen en una exploración sobre las condiciones civilizadoras de lo rural. En esta sección, a modo de pinceladas, hemos ido colando fragmentos de una serie de artículos escritos y publicados por un vecino de Acebo, que lleva años investigando y reflexionando sobre la ruralidad.
CIERTO PARENTESCO. Las relaciones históricas entre el mundo rural y el mundo urbano, son similares a las de los pueblos nómadas y sedentarios. De hecho, lo urbano es la consolidación extensiva de las posibilidades de las culturas sedentarias, y lo rural mantiene con los pueblos nómadas un cierto parentesco. p3092408Este se manifiesta en un interés compartido por los ciclos temporales, en una actitud comunitaria y abierta con la tierra, en la costumbre como norma legal, en la importancia del pacto de hombre a hombre, en la memoria oral, en la configuración de pequeñas poblaciones donde es posible el conocimiento mutuo, en un recuerdo por las genealogías y los parentescos, en una pervivencia del trueque o en el baile y la música popular como artes principales. De alguna manera, los pueblos son como comunidades nómadas que se detienen en el espacio y, si no son absorbidos por las fuerzas centrífugas de lo urbano, mantienen una huella de las culturas antiguas. Decimos esto, porque en definitiva constatamos que a la cultura rural le está pasando lo mismo que a los pueblos nómadas: Su disolución, absorción o exterminio. (fragmento)
ARQUITECTURA RURAL. La imagen fundacional de toda construcción humana es el propio cuerpo. El deseo y la necesidad de refugio es, en principio, una extensión del propio cuerpo humano. En este sentido, se ha dicho que si la piel es nuestra primera envoltura, la ropa es la segunda y la casa la tercera. A partir de esta necesidad natural el hombre extiende su concepción ontológica, histórica y cultural en sus poblaciones, dado que el hombre es a su vez un ser social. Una ciudad moderna y un pueblo que conserve su herencia cultural son dos estrategias muy diferentes -por decir lo mínimo- de considerar la naturaleza del hombre. El hombre moderno, cumpliendo su imaginario ilustrado, se quiere sin jerarquías; sus únicas jerarquías aceptadas están reguladas por los mecanismos económico-biológicos de la función y nunca del valor. “Todos somos iguales”. De ahí que sus ciudades hayan ido borrando cualquier diferencia de orden cualitativo y la única “jerarquía” visible en ellas sea la marcada por el capital y su división entre zonas ricas y suburbios. Fuera de esta distinción, la ciudad se extiende en paquetes urbanísticos cada vez más indiferenciados.

Los pueblos que mantienen su memoria arquitectónica siguen conservando el simbolismo del centro y una geografía inconfundible de su periferia. img_4378Este diálogo topológico está fuertemente marcado por la iglesia como corazón del pueblo y las huertas como extremidades de su fisonomía. Tenemos en los pueblos la representación de la imagen del cuerpo humano como símbolo de orientación. Si a alguien que no conoce un pueblo concreto se le quiere citar en un lugar inconfundible y que sea reconocido desde lejos, este lugar es la iglesia. Su ubicación física es central y en ella normalmente confluyen la plaza y el ayuntamiento, representando en esta orientación un sentido donde el valor organiza la función. Las campanas de la iglesia circunscriben con su llamada esta topografía. La campana marca ese ritmo inefable que nos recuerda que el hombre regresa a su imagen, como el tiempo lineal de los días retorna al tiempo circular de las estaciones. La iglesia es, además, testigo extratemporal de los acontecimientos importantes de la vida del pueblo: bautizos, muertes, bodas, fiestas, catástrofes… Los vecinos viven y mueren, el pueblo crece o decrece, los acontecimientos históricos se suceden, pero su centro, representado en las piedras de la iglesia y el tañir envolvente y casi quieto de las campanadas, permanece. 

Alrededor del pueblo se extienden y ramifican las huertas. En ellas se celebra la cosecha, esa recompensa siempre grata de la naturaleza cuando devuelve más de lo que se da. En las huertas también se laborea el esfuerzo, la observación, la paciencia, la incertidumbre, las tragedias naturales. La huerta son la despensa de la casa, la economía multifuncional, el consumo local, la tarea feliz de jubilados… Son un espacio perfecto para reflejar los que somos. En la huerta hacemos con nuestras manos lo que comemos y devolvemos a la tierra lo que no comemos. Es un biotopo a la medida de una persona, un laboratorio para hacer de la cosecha una expresión de nuestra ciencia. Observemos que la propia palabra cultura es de origen agrícola (cultura/cultivar), y en este sentido tenemos en las huertas la escuela originaria. Y, como es el espacio de la acción; de la actividad para el sustento y la siembra, se encuentra simbólicamente en los extremos del pueblo, como las manos se encuentran en el límite de nuestro cuerpo. 

La forma de un pueblo es la huella de la imagen del hombre. Uno puede reconocer en esas huellas el paso de una identidad o de una semejanza. El hombre encuentra en los pueblos su molde natural. Por eso acude a ellos los fines de semana. Por eso siente que algo descansa interiormente y se dice a sí mismo lo que en la ciudad le es muy difícil: “aquí me escucho” o “aquí alguien o algo escucha”… (fragmento)
MÚSICA. Los elementos tienen su propio timbre: el aire susurra, el fuego chisporrotea, el agua murmura y la tierra produce una voz sorda. A partir de aquí se producen innumerables combinaciones. Así, por ejemplo, el timbre oscuro del elemento tierra se aclara al mezclarse con el agua. Los sonidos altos, como los emitidos por un cuerno, se asocian al fuego cuando emergen del metal, y por eso ése era el instrumento para los holocaustos en el templo de Jerusalén. Sonidos bajos como el arpa y la flauta se relacionan con los valles, y éstos han inspirado danzas que todavía se denominan “a lo llano, a lo pesado”. Entre la montaña y el valle se extiende la distancia del mundo natural, y el hombre que canta y quiere acercar lo alto con lo bajo, emite un grito-llamada que todavía pervive en el folclore: el “relincho”. bolillos-imagen-fija005Vemos que el tambor que emite un sonido masculino, tiene forma de útero, y la flauta, que se asemeja a un falo, tiene un timbre femenino. De estas relaciones complejas entre la forma y el sonido, entre los elementos y los instrumentos, entre las especies y los cantos, entre la naturaleza y la capacidad polirrítmica del hombre, se ha ido atesorando un conocimiento ancestral cuya memoria y sabiduría hemos perdido. “La música es la más alta espiritualización de la naturaleza, porque la expresa con un mínimo de materia”, nos dice Marius Schneider. Los rescoldos de este legado los podemos encontrar escondidos, casi olvidados, entre la hojarasca dispersa de nuestro folclore rural; en sus cantos, en sus calendarios, en sus danzas, se percibe una filosofía que saborea la naturaleza en la trama nutricia de sus símbolos, que escucha la voz de cada especie y tiene el don de imitar y nombrar. 

En Acebo, el pueblo donde se escriben estos textos, en Semana Santa, sale el pueblo en procesión, y entre parada y parada, los hombres cantan con solemnidad: “Dame Dios buena muerte”. Una solicitud que tiene la cualidad de tomar conciencia de nuestra mortandad. La muerte y la vida son las dos notas que contienen toda la melodía natural y existencial, afortunadamente todavía en algunos pueblos se nombra esta polaridad que nos contiene entre dos latidos. bolillos-imagen-fija003En Toledo se escucha esta sugerente canción en la “danza del cordón”: “En el nombre de Jesús / las cintas están tejidas: / volvamos a destejer / con el nombre de María”. Esta letra nos remite a la simbología de los lazos y los nudos, un tema universal y de fuerte ambigüedad como nos recordaba en sus estudios Mircea Eliade. La imagen del tapiz y el tejido, es la imagen por excelencia del cosmos y del mundo natural. Cada elemento, cada criatura existente, sería una suerte de enlazamiento entre la trama y la urdimbre. Vivir sería un nudo, que se desata con la muerte; por eso, en muchas culturas, en las casas de los muertos se desataban los nudos y las mujeres embarazadas no podían portar nudos. Tejer en el nombre de Jesús es ligarse a ese nombre como protección contra el mal y las adversidades. Aunque este simbolismo va más allá de las prácticas mágicas y tiene una mayor profundidad metafísica, sabemos del uso de nudos o lazos para atraer algo querido en ceremonias muy antiguas. Como complemento, el destejer en el nombre de María sería el disolverse o desatarse, como acto de liberación interior. Jesús sería el Principio, al cual nos unimos y anudamos y María sería el Espíritu al cual nos vaciamos y regresamos. Dos polos, que como la inspiración y la expiración muestran todas las posibilidades del hombre. El canto del hombre sostenido en el puente de aire que va de su muerte a su Vida. (Fragmento)
HIJOS DE LA TIERRA. Terrea fillus llamaban los romanos a aquellos niños sin padre conocido. Una evocación antigua que daba a la Tierra condición de paridora. Los rumanos en una recreación más vegetal, los llamaban “hijos de las flores”. En este juego de relaciones y alegorías nos encontramos que hasta hace bien poco, se decía en los pueblos, que los niños los traían las cigüeñas. En otras culturas los mediadores del parto son peces, ranas o cisnes. Si observamos estas poéticas de la alusión, podemos distinguir una reminiscencia común; el infante es un hijo del mundo natural, que regresa al hogar desde un mundo preternatural. Si la tierra es la vagina de la que se parte o se pare, la tierra es a su vez la barca o nicho donde regresa ya cadáver. Partos y funerales comparten el mismo misterio y gestos de sentido inverso pero semejantes; en ambos casos hay llanto, se procede a la ablución o limpieza del cuerpo, en ambos hay evocación del tránsito, conmoción y recuerdo de una cosmogonía. Con el parto se le da al niño un nombre que lo “ate” a un arquetipo de su cultura, y con su muerte el nombre es “desatado” y recogido para otro viajero o pariente. La expresión universal “enterrado en la tierra natal” resume esta conjunción. (fragmento)
FAMILIA Y TRADICIÓN RURAL. Nuestro acercamiento al tema de la familia, va a ser desde la tradición rural. La elección nos parece obvia, dado que las gentes rurales han sido los constructores de nuestros paisajes y campos y ellos han sabido mantener, mientras les han dejado ser ellos mismos, una relación de beneficio mutuo con la tierra. Relación que ha sido posible gracias a unos principios axiológicos en equilibrio, donde la familia era el claustro simbólico y afectivo central, a partir del cual se laboran con la paciencia de los campesinos convivencias, políticas y paisajes. Esta status relacional se trastocó con el liberalismo y en general con el pensamiento moderno que deshizo la imagen que el hombre tenía de la naturaleza e instrumentó a las gentes del campo con fines productivistas; había que alimentar a las grandes ciudades emergentes, a las tropas imperiales y todo el entramado del estado. El conflicto ruralurbano ha sido una trama constante en la historia occidental, con episodios tortuosos, revueltas y campañas taimadas de desinformación y ocultación cultural. Creemos que investigar este pasado es importante para comprender mejor el proyecto de la modernidad, y entrever hacía dónde nos empuja en una suerte compartida con el medio natural. Hay dos hechos históricos muy diferentes, pero que guardan una relación indudable entre ellos, ambos en definitiva son la expresión de un programa de corte ideológico que se va enhebrando a lo largo de los siglos. Estos dos hechos ponen en relación el Renacimiento y la Ilustración, dos épocas que han sido las meretrices de nuestra sociedad actual. El primero, cuando Europa se empieza a distanciar de la Edad Media, tiene como protagonista a Felipe el Hermoso, al apartar de la sucesión al trono a las mujeres. Con este decreto, apgastronomia_h264-imagen-fija054licado desde el derecho romano, recién redescubierto por las élites gobernantes europeas, la mujer va ir perdiendo desde arriba abajo su poder legal y con ella sus hijos, alterando las relaciones de equilibrio que existían en las familias en la Europa rural y medieval. El derecho romano, de origen estatalista e imperial, no es favorable a los poderes compartidos y por eso en lo político va a ser un arma formidable para construir las monarquías absolutas y en lo familiar para dar todo el poder al paters familia. Este proceso desemboca con la pérdida del nombre de la mujer en el siglo XVII, normativa que se extiende por Europa. El otro hecho histórico que queremos resaltar, ya en nuestro país, en pleno florecimiento del liberalismo, es la pérdida de personalidad jurídica del concejo abierto, que regía los municipios rurales, en las sobrevaloradas Cortes de Cádiz. Una traición manifiesta sobre aquellos que habían llevado, en gran medida, el peso de la guerra contra las tropas de Napoleón; las gentes rurales, que en definitiva son los que mejor comprendieron el peligro del liberalismo para su cultura y convivencia. En ambos casos se impone la reforma legal contra la tradición y las costumbres y se fomenta una sociedad centralizada y rigorista. Para que estas reformas políticas y culturales sean efectivas, hay que deshacer los equilibrios simbólicos y los acuerdos fácticos que orientan los matrimonios y la vida familiar. Hay que pensar que una sociedad como la Medieval, la gran desconocida, se regía por la costumbre y esta norma orientaba todas las actuaciones convivenciales, laborales, políticas y familiares, en una suerte de juego de equilibrios, con una gran capacidad de fructificar en la realidad cotidiana, que el derecho romano por su condición invasiva, generalista y escritural no tiene. Y ahora una breve aclaración ¿La Edad Media? No es casual que sea el siglo XVIII, el llamado Siglo de las Luces, el creador de la falacia histórica de la Edad Oscura. Su propaganda ha sido tan eficaz que en cualquier conversación actual, la palabra feudal es usada como insulto o acusación de tiranía. Remito al lector a la historiadora Regine Pernoud que en su libro “Para acabar con la edad media”, nos puede ayudar a comprender esta gran mentira. En aquella época los pueblos se regían en asambleas auténticamente democráticas y participativas. Es interesante recordar que en el concejo abierto, el voto era por hogar o “fuego”, esta imagen tan elocuente, aludía a la familia y lo podía ejercer el hombre o la mujer. Las mujeres eran coronadas y tenían sus propias cancillerías, los nombre de Leonor de Aquitania –que por cierto tuvo diez hijos y supo combinar su doble función de regente y madre- o de Blanca de Castilla todavía resuenan en nuestra memoria. En la Edad Media una mujer podía ser médico, ilustradora, abadesa de monasterios mixtos, comerciante, universitaria, escritora, etc. Hay que llegar a los ilustrados, para encontrar a la mujer “sin personalidad jurídica” y dependiente por completo del marido. En la enciclopedia de Diderot se dice a la mujer como “la hembra del hombre” y Rousseau opinaba que “en la hembra todo remite al sexo”. Curioso destino compartido, el de la mujer y lo rural, en la conciencia de la ilustración, ambos relegados y dirigidos por el estado legalista. Con estas breves pinceladas queremos señalar que las reformas que se imponen a la familia, comparten destino histórico con el mundo rural, porque ambas realidades eran un profundo obstáculo para las ideologías emergentes de la modernidad. Uno. En principio por que es inseparable de la ruralidad occidental, con su cosmovisión, valores y sus relaciones sagradas y cíclicas con la naturaleza su trasfondo cristiano. Decir Edad Media es hablar del surgimiento de la civilización cristiana y esto es algo que el liberalismo ataca con furia. La familia es además la gran trasmisora de este saber y el receptáculo capaz de reflejar los elementos simbólicos del “matrimonio entre el cielo y la tierra” que es definitiva el núcleo de la visión sagrada. Recordemos que para Engels y el materialismo histórico, la familia era el sótano donde se escondía tan “grave idealismo” y que por eso había que combatirlo y este programa todavía sigue abierto entre los sectores progresistas. Dos. La familia como en su momento el concejo abierto, competía con el estado para ejercer un control legalista sobre el patrimonio, la división del trabajo, la producción y las normas de convivencia. Recordemos que en el concejo votan, no personas individuales, sino familias. De la misma manera en la Edad Media no gobernaba un individuo –de ahí la palabra monarca que es propia del absolutismo, mono significa uno-, sino un matrimonio de reyes; siempre se hacia presente la polaridad matrimonial como un reflejo de las polaridades masculino/femenino teúrgicas y su despliegue en la naturaleza visible. Tres. La familia es fuerte cuando se nutre de contenidos simbólicos y mantiene un estatus fundacional y germinativo en la sociedad y por ello es la transmisora de educación y estabilidad. Por eso el emperador Federico II, apoyado nuevamente en el derecho romano –fue el gran impulsor de esta herramienta de poder- prefigura la pérdida de poder de los hijos, hasta que la mayoría de edad se eleva en el siglo XVII a los 25 años y con ello se refuerza el control sobre las nuevas generaciones, paso necesario para que la educación pase definitivamente al estado. Para conseguir esta usurpación de funciones, es necesario debilitar a la familia y en este proceso seguimos inmersos. La novedad ahora, pero coherente con los hechos expuestos, es el proceso de “secuestrar” legalmente la paternidad y derivarla al estado y diluir la función de la familia no solo en la educación, sino en todo, es decir desde la procreación a la muerte. Mientras se desatan estos nudos “tradicionales” por parte de la legalidad moderna, las colectividades están mejor preparadas para el teatro fantasmal y penoso de las democracias parlamentarias, donde las personas se convierten en un público pasivo y después de cada función regresan a sus hogares cada vez más disminuidos. El proyecto de la modernidad está a punto de morir de éxito, ha trastocado todos los valores y cumpliendo la profecía temida por Nietzsche, ha caído en el nihilismo. Como espejo donde contemplar toda esta ingeniería social, está la crisis ambiental, un reflejo imposible de ocultar de una ideología que ha querido construir mundos a fuerza de decretos legales y mentiras sobre el hombre, su destino y su historia.(Fragmento)
HISTORIA Y POLITICAS. Los usos y costumbres derivados de la relación que se mantiene con la tierra confiere expresión y sentido a la cultura rural. Pero esto no es exclusivo; el mismo fenómeno se encuentra en cualquier comunidad que tenga un fuerte vínculo con la naturaleza. Así, los aborígenes australianos no entendían que el hombre blanco clavase estacas en la tierra, de la misma manera que un piel roja contemplaba con desolación una explotación minera. La relación que se mantiene con el campo marca los ritmos, los pactos y las relaciones vecinales de las personas rurales. Algo de los pueblos nómadas se ha transmitido al mundo rural, especialmente su visión colectivista del territorio y la importancia de la palabra y el compromiso honorable. La tierra no solo da alimentos y produce bienes, sino que además envuelve a sus habitantes en un manto de significados propios que vitaliza su cultura. Por eso, toda novedad y reforma en este pacto del hombre con su territorio tiene consecuencias trágicas y definitivas. Así lo hemos visto en los pueblos indígenas, lo presenciamos en los conflictos actuales por la tierra en la Amazonía y lo podemos verificar en tiempo real en los pocos pueblos donde todavía queda algún rescoldo de cultura viva. (Saliéndonos totalmente del tema, creemos oportuno hacer mención al noble pueblo gitano, también acosado culturalmente al verse privado de su relación particular con el espacio.) Con esta visión entramos en la era del cosmos como mecanismo, donde todo misterio se transforma en cálculo y todo artefacto es generador de conocimiento. Esta concepción facilita al hombre su capacidad interventora y le da un prestigio de creador prometeico. Lo irónico de las categorías cartesianas en el mundo actual es que por abolir la noción de artificial –todo es natural– se ha abolido también la noción de irreal –todo es real o relativo– y con ello cierta posibilidad de contención y de discriminación. 

Nuestros pueblos, como los pueblos mencionados, son víctima del impuso de novedad tan propio del experimentalismo del hombre moderno y de sus necesidades de mantener el gigantismo de sus estados, ciudades y conquistas territoriales. Los pueblos de España pudieron vivir su época de mayor prosperidad cultural y social –y sabemos que esta afirmación va a asombrar, por decir lo mínimo, a muchos lectores– en la Edad Media. En esa época apenas existían las ciudades y los Estados estaban img_4372fragmentados, sin la cohesión y los apetitos dinerarios y territoriales de las naciones posteriores. Los municipios se regían por concejo abierto, cada hogar tenía un voto para la toma de decisiones y –por centrarnos en el tema de este artículo– la tierra era comunal, se gestionaba de común acuerdo, se prohibían los cercados, el uso individualista y se fomentaba la ayuda mutua en casos de necesidad. La palabra dehesa viene del castellano antiguo, y su significado originario era espacio defendido o de defensa. Este carácter de protección trataba de impedir la sobreexplotación, el abuso de talas indiscriminadas o individuales, gracias a que la propiedad era colectiva, y los excesos y privilegios que contaban antiguamente las cañadas reales sobre los mejores pastos. En la dehesa tenemos la herencia que nos ha dejado lo mejor de la cultura rural y un ejemplo de las ventajas de la obra colectiva y de la democracia real de los concejos abiertos municipales. 

Esta situación cambiaría con la creación de imperios, el florecimiento de las ciudades, la creación de grandes ejércitos regulares, la recuperación del derecho romano en detrimento de la costumbre, y, en general, el acoso y menosprecio a las sociedades tradicionales en beneficio de la secularización. 

En 1561, Felipe II, en una operación de financiación de sus armadas imperiales, vendió los terrenos baldíos que los ganaderos y campesinos usaban colectivamente. Después han seguido otras operaciones de desamortización como las leyes que privatizaron los comunales en 1770, 1813, 1855. Recordemos las ordenanzas de Montes de la Marina que en 1748 se quedó con los mejores bosques de España para la construcción de buques de guerra. Todas estas operaciones tenían como fin conseguir oro para los esfuerzos de guerra y apropiarse del trabajo de los campesinos para alimentar a un Estado cada vez más necesitado de recursos y a unas ciudades en constante crecimiento. Es en el siglo XVIII cuando el mundo rural sufrirá todo tipo de reformas y experimentos de mejora en la producción, de la mano de hombres influyentes como Jovellanos en España, D´Ormesson en Francia, Arthur Young o Jethro Tull en Inglaterra. Éstos son los padres de la denominada revolución agraria y de los modelos de explotación que se mantienen en la actualidad. En ese siglo se inician los trabajos para mecanizar el campo, promulgar leyes a favor de los cercamientos, los cruces de ganados para intensificar las explotaciones, el cambio de cosechas y métodos de trabajo con miras a la rentabilidad, etc. 

Para que estas reformas se hiciesen posibles, había que arrebatar su derecho sobre la tierra a los campesinos, privarles de sus usos culturales y, con la promesa de liberarlos de sus servidumbres tradicionales, hacerles siervos de los nuevos amos: la tecnociencia y la economía. Naturalmente, esto se consiguió a fuerza de decretos, persuasión y represión. Podemos rastrear detrás de muchos de los levantamientos en armas, como nuestra guerra contra franceses y afrancesados en 1808 y las guerras carlistas, un telón de fondo de las reivindicaciones que pusieron en guerra a las gentes del campo contra las reformas liberales. Para nosotros, detrás de estos conflictos se escenifica un combate complejo y con múltiples ramificaciones, entre la tradición rural y las reformas del modernismo, con sus escuelas filosóficas, sus modelos de sociedad urbana y su concepción política del Estado-comercio. 

En este boceto histórico que hemos trazado, vemos cómo la tierra ha sido arrebatada físicamente a las gentes rurales y cómo se les ha ido coaccionando para convertirlos en productores de excedentes para los Estados y sus ciudades. Hay que entender que la agricultura tiene un valor estratégico de primer orden cuando se quiere mantener una nación productiva y en guerra con otros territorios. El impero romano pervivió largo tiempo gracias a unas legiones bien entrenadas y armadas y a una red de campesinos que alimentaba ese despliegue. Por esta capacidad para dotar de recursos al poder del Estado, las labores campesinas y sus gentes nunca pudieron ser libres, salvo en la Edad Media, cuando no existían las ciudades Estado. Esto explica el sometimiento actual de la agroagricultura a la tiranía del mercado y su falta de libertad en la política de precios. Decíamos al principio que con este repaso podemos comprender mejor el rechazo de las gentes de campo a toda novedad y a toda ingerencia. Habrá quien piense que estas reformas han sido no sólo necesarias sino buenas. A esto iremos respondiendo en otros artículos, porque estas reflexiones suelen denotar un pensamiento poco imaginativo sobre las posibilidades de la cultura humana y una filosofía incapaz de valorar los tesoros de aquellos que se relacionan con la tierra con proximidad y respeto. El mundo rural nos ha trasmitido este otro saber, que ha quedado sepultado por los tiempos modernos. Ahora estamos en posición de valorar mejor su legado y comprender con más lucidez las políticas de nuestro mundo; tenemos las pruebas que dan los frutos cosechados. No nos engañemos: no hay salud en nuestro planeta, el exceso y el pernicioso entusiasmo de los que se ven sometidos a la hiperactividad, al reformismo y a la ambición nos han dejado una herencia problemática. En las gentes de campo, o mejor, en su memoria ya casi perdida, se encuentran claves y argumentos de importancia. Es posible que en los mismos pueblos, el recuerdo de la tradición se haya apagado, pero siempre podemos escuchar la voz de los mayores en sus dehesas; esa defensa contra la desmesura, un paisaje que nos recuerda que es posible una buena vecindad con la tierra.
ECOLOGISMO Y REALISMO RURAL. Cuando los técnicos de la administración o los gestores ecologistas llegan a un pueblo con un proyecto conservacionista, se encuentran normalmente con una gran resistencia. En su agenda de trabajo, su proyecto les parece positivo y necesario, manejan datos y estudios que avalan su programa, pero normalmente, en el diálogo con los paisanos, se perciben dificulta-des. Tienen, por supuesto, razones muy importantes para sentirse perjudicados por lo que pueden considerar una intromisión legalista en su gestión, y también hay rechazo a todap3092434 novedad y temor al intervencionismo. Pero si es cierto que desde la cultura rural la naturaleza es percibida en otra escala y con otros con-tenidos y sentidos, ¿no será que el conflicto puede ser también intelectual y que los pueblos que conservan su tradición tienen su propia "teoría naturalista"? ¿Dónde podemos reconocer los elementos que nos aproximen a la visión que de la naturaleza se tiene en el mundo rural? La respuesta es: en su folclore; un concepto que por su amplitud lo acotamos a las fiestas populares. Naturalmente, otras fuentes de información son el refranero o las canciones con alusiones naturalistas; pero pensamos que las fiestas hacen visible su topos cultural de una forma más integradora y reveladora, su manera no ya de interpretar, sino de cohabitar con el medio. El hombre decampo no es tanto un individuo que habita un territorio, cuanto una persona que cohabita con otros su tierra. Hay un fuerte sentido de unanimidad colectiva, todos los elementos de su cultura están integrados. No hay percepciones divergentes entre las distintas ciencias, como en la cultura urbana, ni disparidad entre grupos de opinión hasta el extremo de los subgrupos urbanos; o, para ser más precisos, la cultura rural es capaz de cohabitar con las diferencias o divergencias, porque hay una textura común, un denominador común, un sentido de lo unánime. De todo esto se desprende que la aproximación ecologista le es extraña. Sus conocimientos no son productos de una mirada especializada y supuestamente objetivada, no hay acercamiento al medio, dado que ellos son el medio y, por lo tanto, muchas categorías sentimentales, cuando observan o buscan un lugar o especie, como admiración, expectación, diversión, extrañeza, les son ajenas. No hay un oikos al que aplicar un conocimiento especializado, sino, más bienal revés, hay una memoria sapiencial que constituye el oikos: un hogar laboreado por el hombre, interiorizado y profundamente localizado. Pues bien, las fiestas son la expresión social y antropológica para significar su espacio vital, un comportamiento que nos permite leer los signos y contenidos que para ellos tiene la naturaleza. Las fiestas transforman simbólicamente el espacio natural en tiempo. Para la cultura rural, como dijimos en el primer artículo de esta serie, lo temporal es el gran arquitecto de su visión natural. Las fiestas son la escenificación de este simbolismo, al engarzarse perfecta y metódicamente en ciclos temporales; el movimiento del planeta, con sus estaciones y transformaciones climáticas, crea el primer cuadro global. Con las fiestas se toma conciencia del devenir, se interiorizan los procesos naturales, se exalta lo natural al mundo de lo intangible, se baja el cielo a la tierra. Con las fiestas los días no pasan con su desnudez anónima y sus procesos de subsistencia, al modo que pasan los días de un ecólogo. El hombre de campo vive en un tiempo que no se desprende de una rex extensa, al modo de los filósofos cartesianos; parece que su tiempo es más bien el lienzo sobre el que se proyectan los objetos naturales. 

Pero tampoco es necesariamente un tiempo de procesos naturales, al modo que lo leen los biólogos. El tiempo cíclico y festivo, es un tiempo que destila, en sus operaciones de constante retorno, una semilla de eternidad, una imago de inmovilidad, es un tiempo que se detiene en cada celebración. Además de este ciclo estacional, con sus fiestas de la cosecha, el carnaval, las mayas, etc.,hay que contar con otros ciclos de carácter más personal, que reproducen igualmente este movimiento de retorno y fuga; el individuoimg_0628 celebra su existencia entre bautizos, bodas, santos, y cumpleaños. Y envolviendo estas dos espirales está el ciclo sagrado o litúrgico: domingos, Pascua, Asunción, Navidad, Semana Santa, etc. Y todo el santoral y las fiestas de la Virgen, que transforman y alquimizan el calendario. Como decía Julio Caro Baroja, "trabajos, ocios, estaciones y fiestas religiosas van engranadas de un modo que admira al que observa atentamente". Pues bien, estos engarces nos muestran que en los pueblos, más que habitaren un oikos, una naturaleza en la que se pueda explorar una ecología, se vive en un hortus, en un espacio fuertemente localizado donde se laborea y celebra la cosecha práctica del sustento y la cosecha vital del contento y elsentido. 

Para ellos la naturaleza no se conserva; se trabaja y se cosecha. Cada especie no es un elemento de un ecosistema, sino más bien un actor más que cohabita el drama vital de los días; por eso no entiende muy bien la sobrevaloración de tal o cual especie por parte de la administración, como un dramaturgo no entendería que se iluminase en el escenario sólo a un personaje concreto. Los pueblos, hasta la fecha actual, en que se diluyen y desaparecen, se han exiliado de la Historia; no les gustan las reformas o revoluciones; ellos han cumplido con su calendario, mientras domesticaban, labraban, alimentaban y transformaban el paisaje, y el paisaje los cosechaba a ellos, dando y recibiendo. Hay en nuestra cultura elementos más que suficientes para dar a la Naturaleza más sentido y profundidad, pero, como decía Ralph Waldo Emerson, "en realidad, a pocos adultos les es dado conocer la naturaleza". Algo podemos aprender de los paisanos que todavía sobreviven en algunos pueblos. Un hombre capaz de interiorizar e integrar conocimientos con distinta función y valor sería un hombre más completo. Por eso, consideramos trágico el menosprecio de la cultura rural, algo que entristecía sobremanera a Caro Baroja. Muchas veces el ecologismo se ha instalado en los pueblos como un frente misionero, dispuesto a la conversión de sus paisanos. Pero poco esfuerzo se ha hecho por aproximarse a su intelectualidad, aunque sea oral y, por tanto, esquiva a un escrutinio ilustrado. Nuestro ya mencionado Julio Caro Baroja, que hizo un esfuerzo como pocos por reflexionar esta realidad y darla a conocer, nos decía: "Admira, sorprende y, a la postre, choca, que una conjunción de hechos tan trabada y perfecta en su género, haya dado tan pobres resulta-dos teóricos cuando algunos eruditos la han estudiado". Precisamente se refería a las fiestas populares, otra "especie" que en su proceso de extinción y devaluación va perdiendo sentido y alegría verdadera.